Diciembre de 2021. Un cuaderno en blanco. Una decisión que no parecía importante.
Ese año creé un journal. No para venderlo. Para regalarlo. Era un documento sencillo: preguntas diarias que yo misma usaba para pensar, para no perderme en el ruido, para recordar quién quería ser cuando nadie estaba mirando.
Lo compartí con algunos amigos. “Úsalo si te sirve”, les dije. “Y si no, ignóralo”.
Cuatro años después, lo sigo regalando. Y en el camino aprendí algo muy simple: dar no te deja igual. No es magia. Es que cuando entregas algo útil, con intención, empiezas a volverte más claro, más humilde y más responsable con lo que dices y con lo que haces. Al final, dar es eso: una forma de convertirte en la persona que quieres ser.
El journal ha evolucionado año tras año. Cada julio y agosto lo reviso. Cada enero escucho feedback. Cada versión es más clara, más útil, más honesta. Este 2026 cumple cinco ediciones.
La pregunta inevitable es: ¿por qué obsequiar algo que podría monetizarse?
Por qué regalo en lugar de vender
Me lo preguntan seguido: “Natalia, has invertido cientos de horas. ¿Por qué gratis?”
La respuesta no empieza en marketing. Empieza en una idea que me acompaña desde hace tiempo.
Leonardo Polo hablaba de la persona como un ser que crece dando. No crecemos solo acumulando recursos, títulos o logros; crecemos cuando nuestra vida se vuelve un bien para otros.
Aristóteles lo diría con otra palabra: virtud. La virtud no es un discurso; es un hábito. No somos generosos cuando pensamos en la generosidad, sino cuando actuamos generosamente, una y otra vez, hasta que dar se vuelve parte de nuestra identidad.
Obsequiar este journal es mi práctica personal: ser útil de verdad, sin pedir nada a cambio, y convertirme —día a día— en la persona que quiero ser.
Lo que la ciencia sugiere sobre escribir
No quiero que esto se quede solo en filosofía. Escribir —cuando se hace con intención— tiene efectos reales.
La investigación de James Pennebaker y otros sugiere que poner en palabras lo que vivimos ayuda a ordenar emociones, reducir la rumiación y ganar claridad. No es magia: es procesamiento. Es convertir experiencia en significado.
Y la literatura sobre metas lleva décadas confirmando algo práctico: cuando definimos objetivos con claridad, los externalizamos y los revisamos, aumentan nuestras probabilidades de sostener acciones coherentes. Escribir no hace que las metas se cumplan por sí solas, pero hace algo decisivo: vuelve visible lo que importa. Y lo visible te ayuda a enfocarte.
En resumen: escribir no es documentar. Es pensar. Y pensar bien es una ventaja competitiva —y humana—.
Líderes que escriben
Los ejemplos abundan. Y no por casualidad.
Benjamin Franklin comenzaba el día con una pregunta escrita: «¿Qué bien haré hoy?» y lo cerraba con otra: «¿Qué bien hice?». No era romanticismo: era un sistema de dirección interior.
Oprah Winfrey ha contado durante años su práctica de gratitud. No porque la vida sea perfecta, sino porque la gratitud te devuelve claridad: entrenas la mirada para reconocer lo valioso en medio del ruido, y eso cambia tus decisiones.
Y en el mundo de los negocios, Richard Branson es famoso por llevar siempre una libreta. Su lógica es simple: una idea que no se captura se evapora; una idea escrita se puede convertir en plan, conversación o acción. Escribir no es “recordar”: es transformar intuiciones en decisiones.
Y Leonardo da Vinci… sus cuadernos no eran «diarios». Eran laboratorios: observación, preguntas, hipótesis.
El patrón es claro: quien reflexiona deliberadamente decide mejor.
Lo que he aprendido regalando este journal
Regalar el journal me ha enseñado más de lo que imaginé.
He aprendido que la generosidad acelera la confianza. Cuando das sin pedir nada, las personas se sienten seguras. Y cuando se sienten seguras, aparece lo valioso: honestidad, profundidad y conversación real.
He aprendido algo que Charlie Munger y Warren Buffett repiten de distintas maneras: lo más valioso suele ser invisible para las métricas. Los mensajes que recibo —personas que se atrevieron a tomar decisiones difíciles, que recuperaron claridad, que dejaron de vivir en automático y diseñaron un año distinto— son evidencia de un tipo de impacto que no cabe en un tablero, pero cambia vidas.
He aprendido que el liderazgo que me interesa no es el que impresiona, sino el que sirve. El que se nota en lo útil, en lo constante, y en hacer lo correcto incluso cuando nadie aplaude.
Y he aprendido algo que suena simple, pero cuesta vivirlo: dar es su propia recompensa. No como frase bonita. Como verdad práctica.
Diciembre no te pide velocidad. Te pide verdad. Antes de que el calendario cambie, vale la pena recordar esto: si no planificas tu vida, terminas viviendo la de alguien más.
No necesitas prometerte una transformación épica. Necesitas un punto de partida pequeño y real: una pregunta que te ordene por dentro y te devuelva claridad cuando llegue el ruido de enero.
Si quieres acompañamiento continuo, cada mes envío reflexiones y herramientas a través de mi newsletter (español e inglés). Sin presión y sin exceso de información. Solo ideas prácticas para pensar mejor y decidir mejor.
Tu ejercicio de hoy (5 minutos):
Antes de que termine el día, escribe en una hoja o en tu teléfono: «Si este fuera mi último año, ¿qué no me perdonaría dejar sin hacer?». No lo pienses demasiado. Escribe lo primero que aparezca. Luego añade una segunda línea: «¿Cuál es el paso más pequeño que puedo dar esta semana?».
Que 2026 no sea un año más. Que sea el año en que elijas vivir con intención.