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Natalia Curonisy

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El engagement que tienes es el sistema que construiste

August 1, 2026 Natalia Curonisy

La mayoría de las empresas no tiene un problema de engagement. Tiene un problema de sistema de gestión. El engagement es solo el lugar donde la falla se hace visible primero.

Toda organización obtiene el nivel de compromiso que su sistema de gestión está diseñado para producir. No el nivel que promete su declaración de valores, sino el que su sistema real genera: lo que se mide cada semana, lo que se premia bajo presión, qué conversaciones ocurren y cuáles no ocurren nunca.

He pasado veinticinco años en multinacionales donde el engagement se tomaba en serio. Nadie en esas salas cuestionaba la correlación entre gente comprometida y resultados de negocio. Se aceptaba, se medía, se reportaba. Y aun así, el engagement rara vez se gestionaba con la disciplina que aplicábamos a las ventas o a la rentabilidad. La razón es estructural, no moral. Los resultados se pueden medir a diario, al mes, al trimestre. Las acciones que mueven el compromiso, como la claridad, el desarrollo y las conversaciones honestas, exigen disciplina hoy y se reflejan demasiado tarde para aparecer en el mismo ciclo de revisión. Así que el ritmo operativo se va deslizando hacia lo que sí aparece en el dashboard. La mayoría de las empresas termina midiendo el engagement como un resultado, en lugar de gestionar el sistema que lo produce.

Invierte la pregunta

Hay un ejercicio que me parece más útil que cualquier encuesta. Invierte la pregunta: si una empresa quisiera que el engagement colapsara en cinco años, ¿qué haría?

Promovería a los brillantes tóxicos. Recortaría el desarrollo primero en cada crisis. Premiaría solo el número del trimestre, evitaría las conversaciones difíciles y nunca explicaría sus decisiones.

Ahora mira tu organización con honestidad. Muchas empresas hacen las cinco. No por decisión, sino por default. Nadie diseña la desconexión de su gente; es lo que un sistema sin gestión produce por sí solo.

La cuarta, conversaciones difíciles, es la más complicada de ver desde adentro. Recuerdo los minutos previos a que un grupo de empleados entrara a un comité de dirección a presentar las acciones que ellos mismos habían diseñado sobre los dos dolores más antiguos de nuestra encuesta de clima. La sala se llenó de un silencio incómodo. Cuando pregunté después por qué, la respuesta fue miedo: a que se convirtiera en un pliego de reclamos, a que se saliera de control. No pasó. Las presentaciones fueron claras y al punto, y las acciones ya estaban en marcha. Los líderes de esa sala le tenían más miedo a la conversación que los propios empleados.

Un score de engagement, al final, no es realmente información sobre tu gente. Es información sobre tu diseño.

Cómo se ve un sistema diseñado

Me acordé de todo esto escuchando a Bala Sathyanarayanan, CHRO de Greif, en el podcast Future of HR. Greif es una empresa de empaques industriales con 148 años de historia, 20,000 personas y presencia en 45 países. Bala es ingeniero de formación y describe el negocio como lo haría un ingeniero: un sistema de circuito cerrado. Las personas son el input. El liderazgo, la estructura y los estándares determinan cuánto de ese trabajo se convierte en valor para el cliente, y el feedback del cliente cierra el circuito.

Greif llevó el engagement de sus colaboradores al cuartil superior de Gallup y, mientras lo hacía, el Net Promoter Score de sus clientes subió en cada planta, cada segmento y cada mercado que atienden. Hoy el NPS de Greif es 72, en una empresa que fabrica tambores industriales. La secuencia importa. No persiguieron la métrica financiera; construyeron el sistema, y la métrica llegó después. Un detalle me convenció de que es un sistema y no un programa: cada trimestre, más de 400 nominados a reconocimiento en 40 países reciben una carta escrita a mano y firmada por el equipo ejecutivo, con copia enviada a su casa. Eso es un mecanismo que refuerza, deliberadamente, el comportamiento que el sistema quiere que se repita.

Bala dijo algo en esa conversación que yo llevo años repitiendo con mis propias palabras: los negocios no ejecutan la estrategia; son las personas las que hacen que las cosas sucedan. Los documentos de estrategia no mueven nada. Las personas mueven las cosas, a la velocidad y con la calidad que el sistema a su alrededor les permite.

Según el metaanálisis de Gallup, las unidades de negocio en el cuartil superior de engagement logran 10% más lealtad de clientes y 23% más rentabilidad que las del cuartil inferior. Sus estudios con empleados que renunciaron muestran que el 42% dice que su empresa pudo haberlo evitado, y que a la mayoría nadie le preguntó nunca qué la haría quedarse. Y en la encuesta de Gartner de cara a 2026, apenas la mitad de los CHROs dice que su cultura realmente impulsa el desempeño. Fuentes distintas, y todas apuntan en la misma dirección. Buena parte de las renuncias que atribuimos al mercado son conversaciones que un sistema nunca agendó.

Todo sistema tiene un dueño

Jamás aceptaríamos un P&L sin dueño. Ni una cadena de suministro. Y sin embargo, muchas organizaciones asumen que el sistema que produce compromiso le pertenece a Recursos Humanos.

¿Quién es dueño de la claridad? El jefe directo. ¿Quién es dueño de que los mejores vean un futuro por el cual quedarse? El líder del negocio o del área. ¿Y quién decide qué comportamientos se promueven cuando el trimestre viene mal? El dueño del P&L. Se dé cuenta o no. RH puede diseñar la medición y los mecanismos, igual que finanzas construye los reportes sin ser dueña de los ingresos. Lo que no puede es ser dueña del resultado. En el momento en que el engagement se convierte en algo que RH le hace a la organización, ya no predice nada. O la línea es dueña del resultado, o no hay sistema. Solo hay actividades.

El riesgo oculto

El engagement se comporta como la confianza: se acumula en silencio durante años y, una vez roto, colapsa mucho más rápido de lo que se construyó. El crecimiento esconde los sistemas débiles. El estrés los revela.

Y el estrés es la condición en la que vamos a operar los próximos cinco años. Casi todas las conversaciones de liderazgo que tengo hoy terminan, tarde o temprano, en la IA. Adoptar IA es, en el fondo, cambiar lo que la gente hace todo el día, y la gente desconectada no adopta nada. Cumple, lento y visible, y después vuelve en silencio a lo de antes. Una reestructuración, una recesión, una transformación: esos son los momentos en que descubres si el sistema existía. Para entonces, ya es tarde para construirlo.

Lo he visto en cada planta y en cada oficina donde he trabajado: la gente se queda donde puede ver que lo que hace importa. La carta de renuncia llega meses después de que eso se pierde. Ningún evento de reconocimiento repara eso. Solo el sistema que lo produjo.

El Excel mide el horizonte equivocado

Nada de esto es gratis. Un sistema de gestión que produce compromiso cuesta el recurso más escaso de cualquier empresa: el tiempo de sus líderes. Significa invertir en claridad y en desarrollo este trimestre, para un desempeño que recién vas a poder medir el próximo año. En el corto plazo, a veces va a perder contra la alternativa de recortar costos en el Excel, precisamente porque el Excel todavía no puede verlo.

Pero el Excel mide el horizonte equivocado. En cualquier período mayor a unos cuantos trimestres, las empresas que tratan su sistema de personas como infraestructura central superan a las que lo tratan como un calendario de actividades —no porque sean más bondadosas, sino porque construyeron una máquina que convierte el cuidado por la gente en resultados con los clientes y en caja, una y otra vez, sin heroísmos.

Así que no preguntes cómo subir tu score de engagement. Pregúntate qué está diseñado para producir hoy tu sistema de gestión, y si alguien es dueño de esa respuesta con el mismo rigor que el P&L.

La última encuesta ya te lo dijo. No estás midiendo a tu gente. Estás midiendo tu diseño.

La decisión más difícil del liderazgo: lo que eliges no hacer →

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